Ardes
Ardes. Como fuego expiatorio. Doblegar tus muñecas es asir barrotes en la prisión del infierno... Agarrar tu cintura, quemarme las manos, como si de brasas en la umbra tenues se tratase. Aquellos flujos se vierten sobre el instante como metal fundido... Incandescente... Coloidal tendente. Retumba la forja golpe tras golpe, martillo contra hoja, sisea el agua al templar el acero. Vuelan ascuas con cada encuentro, resopla el fuelle agudamente, agudo inhala y exhala, y vigoriza nuestras melenas en llamas hacia el cielo consumiéndose plantando luceros levitantes que nos siguen verticales por el tiempo como Selene al andante, gráciles hadas cuyo nido somos. Nido aturdidor por los rasguños y chirridos, un estruendo recurrente como un pistón. Ante el ejemplo de Hefesto estas aguas metaloides chocan, se condensan y funden, humillando a las máquinas y renegando de Carnot. En la oscura noche, esta trémula luz a lo lejos nace y muere según me invaden los anhelos.