Dos
Luego de decepcionarme de tener que pasar dos semanas con un montón de adultos en sandalias entramos al comedor. Aparté la silla del lugar donde se sentaría mi abuela y nos dispusimos para comer, frente nuestro en una mesa para cinco, pero con solo 4 personas se sentó una pareja. Nunca había conocido dos seres humanos tan corrientes como esos dos y en conjunto eran la pareja menos desviada del promedio que uno se puede imaginar. Nos pusieron conversación.
—Nuestra pasión es los viajes en barco— dice la señora Gilburg mientras sostiene la mano del señor Gilburg quien tiene una sonrisa cerrada y complaciente mientras nos observa.—Es el tercer viaje que hacemos y ahora descubrimos que es por el placer de estar en el mar—Una entonación demasiado entusiasta me provocaba una grima que no sentía desde la infancia.
—Sentir el bamboleo del mar antes de dormir es la mejor parte—Dijo la voz promedio del señor Gilburg.
A pesar de ser latinos igual que nosotros tenían nombres extranjeros, nunca nos dijeron qué origen tenía la única cosa diferente al resto de la humanidad que tenía esta pareja con rostros promedio, peinados promedio, ropa promedio y cada cosa que se puede describir de ellos.
—Y a ti… emmm…—La bastarda no recordaba mi nombre—¿me repites tu nombre, cielo?
—Andrés—[interpuso] el señor Gilburg.
—Es Emilio, de hecho.
La señora Gilburg miró con ira latente al señor Gilburg.
—¿Qué te gusta hacer a ti Emilio?
—Nunca lo he sabido, suelo vivir en automático, pero nunca me niego a un dinosaurio ni a un dominó con olor a té—disparé a la señora Gilburg con significados implícitos para hacerla callar. Funcionó, pero ahora había un silencio incómodo sobre la mesa, que estaba apunto de interrumpirse por los cubiertos del señor Gilburg.
—Un joven de pocas palabras—dijo doña Margaret luego de semejante pena.
La señora Gilburg asintió energéticamente con la carne en la boca y preguntó en cuánto pudo
—Síí, eres joven ¿Qué edad tienes?
—17 años.
Luego de unas cuantas cucharadas en paz, la señora Gilburg no pudo contener las palabras que le iban a dar una hernia.
—Y cuénteme, doña Margaret—muy risueña ella—¿Ustedes por qué viajan?
—Por asuntos médicos, soy muy enferma de mis piernas, en realidad si me sirven, pero no por más de 2 minutos, por eso decidimos hacer el viaje con la silla de ruedas, tengo que ir a España para acudir a la medicina del país porque es que aquí no hay buenos servicios médicos, tuvimos que hacer el viaje en barco porque la presión del avión…
Las palabras de mi abuela se hacían ruido mientras el señor Gilburg cortaba su carne y la señora Gilburg observaba su ineptitud y se preparaba para ayudarle, pero no lo hacía.
—…por eso es que nos toca viajar aquí y económico porque es que estas piernas van a gastar mucho.
La señora Gilburg asintió con la mirada pretendiendo que había escuchado algo y por fin se hizo el silencio.
Terminado el almuerzo, ya se dirigían todos a los camarotes a terminar de ordenar las maletas y hacer la siesta. Iba saliendo, empujando la silla de ruedas cuando entra una muchacha de belleza prudente pero descomunal. Se cruzó por la entrada del comedor, yo la seguí con la mirada, apenas iba a reclamar su comida y tuvo que ir hasta la puerta de la cocina. Mi embelesada mente me distrajo de mi empresa principal y mi abuela dio un salto al vacío cuando llegamos al escalón que separaba la cubierta del comedor. Tremendo susto me hizo concentrarme en revisar a mi abuela y a la silla de ruedas y no volví a saber de la chica hasta varios días después.
Ya en la noche, acomodé a mi abuela en la cama de abajo del camarote y yo subí a la otra para dormir. Nunca había sentido un “colchón” tan duro como aquel. Ya había sentido el de abajo, no era tan incómodo como el mío, de hecho, me hizo tantas expectativas que ansiaba recostarme, pero la rigidez de mi cama me hizo ir a dar un paseo antes de querer volver a sentirla. Fui a cubierta, después de la doble carpa, donde podía observar a la mar con solo el cielo sobre la cabeza. A los lejos se veían las últimas luces de la costa, el aura amarilla que desprendía la ciudad, la neblina oscura que exhala el concreto solo iluminada por la luz artificial e incandescente de la calle. Vi un ferry y algunos barcos pequeños, en uno de ellos había una fiesta. Bajé la mirada y aprecié cómo el barco rompía las olas y convertía el agua que tenía en frente en una línea de espuma que lo abrazaba vertiginosamente y se alejaba de nosotros formando una V que tenía en medio un océano plano, calmado y silencioso.
—Nuestra pasión es los viajes en barco— dice la señora Gilburg mientras sostiene la mano del señor Gilburg quien tiene una sonrisa cerrada y complaciente mientras nos observa.—Es el tercer viaje que hacemos y ahora descubrimos que es por el placer de estar en el mar—Una entonación demasiado entusiasta me provocaba una grima que no sentía desde la infancia.
—Sentir el bamboleo del mar antes de dormir es la mejor parte—Dijo la voz promedio del señor Gilburg.
A pesar de ser latinos igual que nosotros tenían nombres extranjeros, nunca nos dijeron qué origen tenía la única cosa diferente al resto de la humanidad que tenía esta pareja con rostros promedio, peinados promedio, ropa promedio y cada cosa que se puede describir de ellos.
—Y a ti… emmm…—La bastarda no recordaba mi nombre—¿me repites tu nombre, cielo?
—Andrés—[interpuso] el señor Gilburg.
—Es Emilio, de hecho.
La señora Gilburg miró con ira latente al señor Gilburg.
—¿Qué te gusta hacer a ti Emilio?
—Nunca lo he sabido, suelo vivir en automático, pero nunca me niego a un dinosaurio ni a un dominó con olor a té—disparé a la señora Gilburg con significados implícitos para hacerla callar. Funcionó, pero ahora había un silencio incómodo sobre la mesa, que estaba apunto de interrumpirse por los cubiertos del señor Gilburg.
—Un joven de pocas palabras—dijo doña Margaret luego de semejante pena.
La señora Gilburg asintió energéticamente con la carne en la boca y preguntó en cuánto pudo
—Síí, eres joven ¿Qué edad tienes?
—17 años.
Luego de unas cuantas cucharadas en paz, la señora Gilburg no pudo contener las palabras que le iban a dar una hernia.
—Y cuénteme, doña Margaret—muy risueña ella—¿Ustedes por qué viajan?
—Por asuntos médicos, soy muy enferma de mis piernas, en realidad si me sirven, pero no por más de 2 minutos, por eso decidimos hacer el viaje con la silla de ruedas, tengo que ir a España para acudir a la medicina del país porque es que aquí no hay buenos servicios médicos, tuvimos que hacer el viaje en barco porque la presión del avión…
Las palabras de mi abuela se hacían ruido mientras el señor Gilburg cortaba su carne y la señora Gilburg observaba su ineptitud y se preparaba para ayudarle, pero no lo hacía.
—…por eso es que nos toca viajar aquí y económico porque es que estas piernas van a gastar mucho.
La señora Gilburg asintió con la mirada pretendiendo que había escuchado algo y por fin se hizo el silencio.
Terminado el almuerzo, ya se dirigían todos a los camarotes a terminar de ordenar las maletas y hacer la siesta. Iba saliendo, empujando la silla de ruedas cuando entra una muchacha de belleza prudente pero descomunal. Se cruzó por la entrada del comedor, yo la seguí con la mirada, apenas iba a reclamar su comida y tuvo que ir hasta la puerta de la cocina. Mi embelesada mente me distrajo de mi empresa principal y mi abuela dio un salto al vacío cuando llegamos al escalón que separaba la cubierta del comedor. Tremendo susto me hizo concentrarme en revisar a mi abuela y a la silla de ruedas y no volví a saber de la chica hasta varios días después.
Ya en la noche, acomodé a mi abuela en la cama de abajo del camarote y yo subí a la otra para dormir. Nunca había sentido un “colchón” tan duro como aquel. Ya había sentido el de abajo, no era tan incómodo como el mío, de hecho, me hizo tantas expectativas que ansiaba recostarme, pero la rigidez de mi cama me hizo ir a dar un paseo antes de querer volver a sentirla. Fui a cubierta, después de la doble carpa, donde podía observar a la mar con solo el cielo sobre la cabeza. A los lejos se veían las últimas luces de la costa, el aura amarilla que desprendía la ciudad, la neblina oscura que exhala el concreto solo iluminada por la luz artificial e incandescente de la calle. Vi un ferry y algunos barcos pequeños, en uno de ellos había una fiesta. Bajé la mirada y aprecié cómo el barco rompía las olas y convertía el agua que tenía en frente en una línea de espuma que lo abrazaba vertiginosamente y se alejaba de nosotros formando una V que tenía en medio un océano plano, calmado y silencioso.
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